domingo, 18 de mayo de 2014

Martín, el abrelatas y Los Beatles



¿Al natural o en aceite? Se preguntó Martín frente a la góndola de enlatados. Volví a hablar solo en voz alta, pensó, y siguió con la decisión.
Llegó a la caja cantando Blackbird, pagó y salió del local.
La humedad de Buenos Aires empapa cada rincón, las veredas sudorosas complican el paso acelerado.
Tenía pocos minutos para almorzar y una reunión de sacos y corbatas aguardaba por él.
La plaza de la estación nunca es la mejor opción, pero esa vez era la única.
Abrió el morral, y entre libros, lentes y discos estaba el pequeño y puntiagudo abrelatas esperando pincharle algún dedo en el revoltijo. Y, efectivamente, el meñique sangró. 
La idea que alguien tuvo de hacer mesas y bancos de cemento en los parques fue ideal para estos casos. Comenzó con la apertura. Giraba la lata sostenida con la mano izquierda mientras, la otra incasable, se movía veloz de adentro hacia afuera, de arriba hacia abajo. Empezó a notar que el óxido del utensilio hacía más arduo el trabajo. Ya casi terminaba, tan sólo unos pocos movimientos más y tendría el almuerzo a centímetros de su boca. Pero, como siempre sostuvo, la suerte no existe. Ni es buena ni es mala; no es. Somos nosotros y las decisiones que vamos escogiendo. Por lo tanto, Martín continuó sin cesar. La técnica era buena, pero el abrelatas no. Los minutos se consumían y el hambre crecía. Veía que todo su alrededor se había paralizado a mirarlo. ¿Eran sus gestos tal vez? Cuando la furia empieza a tomar la forma de nuestro cuerpo, de nuestro rostro, se apodera de uno completamente. Y es evidente desde el afuera todo lo que no lo es desde el interior. ¡Pero si ya casi estoy! Un poquito más de fuerza hacia allá, otro poco para acá, sacudimos hacia abajo y… ¡cuidado! La lata puede salir disparada en cualquier dirección.
La voz con la que nos hablamos influye sobre todas nuestras acciones. El propio aliento nos lleva a los resultados que queremos obtener. ¡Vos podés Martín, vos podés! Vos podés… ir a comer al restaurante de en frente.
Cruzó la avenida vencido. Las manos ampolladas y el reloj impaciente sobresalían en este medio día de martes. Sonaba Julia y todo el entorno brillaba. Escuchar el Álbum Blanco, hace de cada momento una poesía.


Nuria Nuy ©

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